domingo, 17 de noviembre de 2013

Marillion - Script for a jester's tear


El rock llamado "progresivo" surgió a finales de los 60, y a principios de los 70 se convirtió en la música que uno "debía" escuchar si prefería una aproximación a la música más intelectual que hedonista o sentimental. Digamos que el progresivo se convirtió en el nuevo jazz, cuando no en la nueva música clásica. De hecho bandas como Emerson Lake & Palmer seguramente estaban convencidísimos de estar realizando la música clásica de finales del siglo XX. El tema se fue un poco de las manos y junto a álbumes brillantes se colaron también algunos ladrillos infumables, pero eso sería otra historia. La que me ocupa hoy habla principalmente de las letras más que de la música.

Uno de los defectos (o virtudes, según se mire) que los enemigos del rock progresivo le achacan (y que a sus admiradores les chifla) es el de las letras pretenciosas e indescifrables. Efectivamente los textos de muchos álbumes de progresivo parecen la pesadilla de un obseso jugador de Dragones & Mazmorras puesto de ácido. No hace mucho leí en algún sitio (siempre digo esta frase, pero es que realmente tengo muy mala memoria para saber dónde y cuándo he leído algo) que en el género del rock progresivo no se solía tocar mucho el tema del amor, así, en plan terrenal, sin duendes, pócimas mágicas ni hadas por medio. No estoy convencido del todo, aunque la verdad es que es difícil adivinar exactamente cuando un tema de rock progresivo habla de amor entre dos personas.



Pero si hay un caso claro que no admite discusión, es el de la banda de rock neo-progresivo Marillion y su canción Script for a jester's tear. Escondida tras las pinturas (y pintas) de su cantante, Fish, y agazapada tras la metáfora de las lágrimas del bufón (por algún sitio debía colarse la temática medieval), nos encontramos ante una espléndida y escalofriante historia de amor no correspondido. Haciendo honor además a una de las características principales del rock progresivo, justamente el concepto de progresión, la historia va avanzando a través de casi 10 minutos desde una especie de monólogo tranquilo, subiendo de tono poco a poco, pasando por fases de duelo, rabia y aceptación ("the game is over"), tal como ocurre en la vida real, hasta llegar a un clímax final en el que, olvidadas ya las metáforas y tiradas al suelo las caretas, el cantante lanza una serie de desesperadas súplicas / preguntas ("¿Puedes decir que me amas?", "¿Me amas?"). Más directo imposible. Esas atormentadas llamadas sonarían cursis en boca/manos de, por decir alguien, Barry Manilow...pero aquí, envueltas por un riff de guitarra brillante y con la imponente presencia y voz de Fish, lo cierto es que por momentos el vello se pone de punta.

Hay que tener paciencia, 10 minutos de tiempo libre, cierta predisposición, no padecer de fobia al rock progresivo ni a las canciones largas, una cierta apertura de mente y una personalidad con algo de tendencia al romanticismo y al drama. Sí, son muchas condiciones, pero si cumples unas cuantas de ellas no dejes de darle al play y disfrutarás de un viaje intenso (y progresivo, ¡sí!) al fondo de un alma torturada por el desamor. Ya, suena exagerado y dramático, pero te recuerdo las condiciones...


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