domingo, 31 de octubre de 2010

Sting sinfónico

No, no he ido a los conciertos de Sting con orquesta. Aunque hubiese querido me habría resultado imposible, pero tampoco tenía claro si me apetecía.

No dudo que "Russians", "Fragile" o "Englishman in New York" seguramente sonarán perfectas y bonitas con el acompañamiento orquestal. Cuentan que "Roxanne" también ha quedado muy cuca. Pero sigo sin verlo claro.


Y no lo veo claro porque a mí The Police me engancharon a los 13 años con su punk-pop-reggae urgente, visceral y novedoso porque, además de gustarme mucho las canciones, eran la música y la imagen que mi generación necesitaba para fastidiar a nuestros padres, para luchar contra los artistas "superfans" que inundaban las ondas, para rebelarnos contra lo establecido. Una rebelión pueril, seguramente, pero internamente ilusionante. De repente, The Police barrían de un plumazo a los cantantes melódicos y los cantautores plastas. Tal vez sea difícil de entender para los que conocieron a Sting ya crecidito, con su karma, sus cenas con Julían Ruiz en la Toscana, su sexo tántrico, etc., pero entre 1979 y 1982 The Police eran realmente de los pocos grupos en el mundo que conseguían aunar comercialidad y rebelión sin resultar cursis, ridículos ni trasnochados. Algo similar a lo que Nirvana representó una década después.




No veo nada de eso en esta gira de Sting. Ojo, tampoco espero que 30 años después las personas no hayan cambiado. Yo he cambiado bastante, así que el amigo Gordon seguramente también lo habrá hecho. De hecho empezó a cambiar ya antes de finiquitar a The Police, con su Synchronicity, así que no parece casual el título de esta gira sinfónica: "Symphonicity". Tampoco quiero entrar en la eterna discusión de si los músicos se aburguesan con la edad, si se venden a la industria, si esta absorbe todo conato de rebelión juvenil y la acaba convirtiendo en música para las masas, etc. No soy sociólogo ni filósofo, tan sólo un aficionado a la música desde hace casi 40 años. Pero hay cosas con las que uno no debe jugar, y una de ellas son los recuerdos. Y en mis recuerdos musicales de la adolescencia ocupan un lugar muy destacado la innovadora batería de Stuart Copeland y la afilada guitarra de Andy Summers. Comparen ustedes el inicio de "Walking on the moon" (o la anterior interpretación de "Message in a bottle") con la profusión de ieos con que nos regala hoy en sus conciertos.







Intento huir siempre que puedo de la nostalgia, pero hay cosas que me gusta preservar tal como se me quedaron marcadas a fuego en épocas pasadas de mi vida. Y una de esas cosas es la música, áspera, nueva, urgente, fresca, a veces divertida y otras ligeramente amenazante de The Police.


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