domingo, 31 de enero de 2010

Sugar baby love

No sé si lo he contado ya alguna vez. Casi 3 años de blog, aunque sea con intermitencias, dan para mucho, así que es posible que en ocasiones me repita.

Mis tíos, el hermano de mi madre y su mujer, tenían un bar en el pueblo. Allí iba yo muchas veces a verlos, a jugar con mis primos, a comprarme un helado, a echarle un vistazo al periódico para ver qué hacían en la tele o los resultados de fútbol. Era un bar pequeño, familiar. Nunca había mucha gente, salvo los sábados por la noche o en las fiestas del pueblo.

Un día llegó al bar un extraño cachivache. No recuerdo cuándo fue exactamente, pero yo tendría alrededor de 9 años, porque ya me dejaban entrar y salir de casa solo. Hay que tener en cuenta que hablo de un pueblo muy pequeño en el que todo el mundo se conocía y donde los críos, desde muy pequeños, correteaban libres y felices por las calle.

Aquel aparato era una gramola. Una sinfonola, creo que la llamaban. La máquina de discos, como decíamos nosotros. Tenía singles de vinilo en una especie de cajón, y echando una moneda podías seleccionar una canción entre una lista. Hoy en día, con tanta información como hay a nuestro alcance, sonará a cuchufleta, pero allí descubrí muchas canciones y artistas que no conocía y que fueron seguramente mis primeros y más queridos descubrimientos musicales.

Yo no echaba monedas porque no iba muy sobrado y aquello me parecía más cosa de mayores, pero muchos días de fiesta me acercaba al bar, compraba un helado o algo de bollería (aquellos míticos Bucaneros, Tigretón, Phoskitos...) y me sentaba en una silla a esperar que alguien tirara una moneda y seleccionara una canción. Sí, ya sé, ya era un friki a los 9 años...qué se le va a hacer...

Entre aquellas canciones había una que me gustaba mucho, y siempre esperaba a ver si alguien se decidía a ponerla. Tenía un inicio espectacular, unos coros brillantes, una melodía exhuberante, transmitía un buen rollo que a mí me llenaba de alegría. Para mí era un momento mágico cuando se acercaba un chico mayor a la máquina, echaba la moneda y acto seguido los altavoces del bar empezaban a irradiar felicidad.

Sólo sabía el nombre de la canción, ni siquiera me había fijado nunca en el nombre del grupo. Y lo mejor de todo es que no sentía que fuera necesario. Cómo echo de menos aquella falta de ansiedad por saber, por analizar, por catalogar, por conocer...aquella sensación de simple disfrute...

Han pasado más de 30 años. Ahora sé que aquel grupo, prefabricado como tantos otros de entonces, se llamaba Rubettes. Sé que la canción la grabaron músicos de sesión, y que de hecho el cantante que puso su voz ni siquiera llegó a ser miembro oficial del grupo. Sé que detrás de las caras bonitas que aparecían en los playbacks televisivos había realmente dos productores y compositores que habían estado con Pete Best en su banda, que llevaban desde principios de los 60 creando canciones y buscando alguien que las cantara hasta que decidieron grabarlas ellos mismos con unos desconocidos músicos de sesión. También sé que la canción estaba pensada como una especie de "demo" para un musical, que luego estaba destinada a ser presentada en Eurovisión, y que finalmente ninguno de aquellos proyectos se llevó a cabo. Simplemente la canción se grabó y esperaron a ver qué pasaba. Pasó que vendió más de 3 millones de singles y fue número 1 en media Europa.





Sí, hoy sé todo eso. No obstante, afortunadamente, cada vez que escucho la canción me olvido de los fríos datos y vuelvo a ser aquel crío de 9 años, sentado en un taburete del bar, que lamía un helado o se comía un pastelito mientras se olvidaba del mundo que le rodeaba cada vez que alguien echaba una moneda en la gramola y pulsaba el botón de "Sugar baby love".
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