domingo, 20 de abril de 2008

Teníamos 12 años

Teníamos 12 años. El pueblo era pequeño, muy pequeño, y el colegio era más pequeño todavía. Chicos y chicas compartíamos aula, algo que no era muy normal entonces, pero no hubiera hecho falta: era casi imposible no verla cada día por la calle.

No era excesivamente guapa, pero a mí me parecía la más hermosa del mundo. Sus coletas se movían de manera graciosa cuando caminaba, y desprendía un aire de naturalidad y libertad que a mí me enamoró. Sentarse a su lado en clase era un triunfo, y cruzar algunas palabras con ella, la gloria. Sus ojos los recuerdo grises, o verdes, o azules. Supongo que cambiaban con el color del cielo.

El día que me invitó a hacer los deberes a su casa, creí estar soñando. Mi corazón se pasó toda la tarde intentando salirse de mi pecho, y las dos horas de clase se convirtieron en dos semanas, dos meses, dos años. Un mundo. A la salida quedamos en vernos después. Pasé por mi casa, mascullé cuatro palabras nerviosas, y salí corriendo con la merienda y los deberes. Cinco minutos después, estaba allí, en su casa.

Subimos a su habitación. A su madre no parecía hacerle mucha gracia, pero en el pueblo nos conocíamos todos y yo tenía fama de buen chaval. Una vez allí, a solas, intenté recordar todas las palabras que, durante semanas, le había estado diciendo en sueños. No pude. Sacamos las fichas de los deberes, y me puse a explicarle todo lo que no entendía. Era mágico tener su pelo tan cerca de mi cara, pero lo disimulé lo mejor que supe. A veces todavía soy capaz de recordar su olor.

Yo era un desastre, mientras que ella tenía su habitación perfectamente organizada. Las hojas estaban en carpetas, y las carpetas en cajones. Sólo una de ellas, la que contenía el trabajo que debíamos terminar, permanecía encima de la mesa. Seguramente había visto aquella carpeta cientos de veces, pero en ese momento me llamó la atención una pegatina de las que regalaban en las revistas de música para adolescentes. Era Sandro Giacobbe, el ídolo de jovencitas representante de la canción melódica italiana. Sentí algo parecido a los celos, y más todavía cuando miré a mi alrededor y me encontré con varios posters suyos colgados en las paredes. Le pregunté si le gustaba Sandro, y la música italiana en general, y me dijo "sí, mucho", justo mientras me miraba a los ojos. Otra vez, una vez más, no dije nada. Acabamos los deberes y me despedí hasta el día siguiente. "Nos veremos en clase", me dijo. Sonrió. Creo que yo también lo hice.

Poco después llegaron las vacaciones de Semana Santa. Teníamos la costumbre de reunirnos en un garaje a fumar a escondidas, poner música y bailar. El momento cumbre de nuestros improvisados guateques era el "baile agarrado". Nuestra pandilla era muy democrática, y cada día se sorteaba entre los chicos el orden en el que escogeríamos a nuestra pareja de baile. Aquel sábado me tocó a mí ser el primero.

Como siempre, me quedé en blanco. La miré a ella, y noté que ella también me miraba a mí, expectante. Era el momento que había imaginado centenares de veces. Entonces me dirigí hacia donde estaba ella. Abrí la boca para decir su nombre, pero me quedé mudo. Los demás nos miraban. Cuando conseguí hablar, pronuncié otro nombre, el de la chica que estaba a su lado. Ambas parecieron sorprendidas, aunque seguramente no lo estaban más que yo.

No recuerdo si fue el segundo o el tercero quien la eligió como pareja de baile. Da lo mismo. Mientras nos preparábamos para empezar el baile, su mirada me esquivaba, aunque no parecía triste. Yo sí lo estaba, aunque quería aparentar lo contrario.

Entonces sonaron las primeras notas y empezó el baile agarrado. La canción que sonó en primer lugar, que el infierno me lleve, fue "Jardín prohibido", de Sandro Giacobbe. No me atreví a alzar la mirada. A la cuarta o quinta canción me fui a casa.



No volvió a invitarme a hacer los deberes.

Feliz domingo.
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